lunes, 2 de febrero de 2009

Reflexiones sobre ascensores en Filipinas



Para mi los ascensores y los centros comerciales son muy parecidos: aire cargado, luz artificial, vaivén constante de gente. No me gustan ni los unos ni los otros, y los evito siempre que puedo porque me provocan claustrofobia y me agobian.


Sin embargo, en este país he descubierto una similitud más: son como el metro. Si te esfuerzas pueden resultar de lo más interesantes, además de entretenidos. El lugar idóneo para llevar a cabo una disertación antropológica.




Creo que nunca antes había pasado tanto tiempo metida en ascensores, y empiezo a acostumbrarme. De momento he conseguido que nadie me toque, ni me roce, tal vez porque siempre soy la única mujer blanca en el ascensor. Además de blanca, le saco una media de una cabeza a todos los que van metidos en esa caja que sube y baja. Así que se mire como se mire, siempre impongo algo de respeto, y curiosidad, a todos los presentes. Pero esa curiosidad es recíproca.


A mi personalmente me llama la atención un poco todo. Empezando por lo bruscos que son a la hora de meterse en el ascensor, como si en ello les fuese la vida, cuando hay cuatro más que antes o después volverán a pasar por el mismo piso. En esto los filipinos son pequeños pero matones, y si te descuidas se te cuelan 10 o 12. Y no exagero. Hay que tener en cuenta que si en un ascensor normal la capacidad máxima es de unas 15 personas, unos mil kilos, aquí caben el doble porque son diminutos y peso pluma. De hecho, algunas mañanas en las que dormito mientras espero paciente mi turno, fantaseo con que van a aparecer Ana Obregón y Ramón García cantando aquello de ¿Qué apostamos? porque no es normal que tanta gente se meta en un ascensor por voluntad propia y sin recibir nada a cambio.


Lo que más me molesta es su estrategia para coger el ascensor a la hora de comer. Como los que bajan van llenos, pues se meten en el que sube, porque en algún momento bajará. Total que quien realmente quiere subir no puede porque los que quieren bajar llenan el ascensor que sube para después bajar. Vamos, que si no estuviese en el piso 19 subiría y bajaría andando con tal de evitar meterme en la lata de sardinas.


Volvamos al interior de la caja en hora normal, véase yo rodeado de unos 20 personajes diminutos que me miran como si yo fuese la rara. En Europa, la gente va a lo suyo y la mayoría suele mirar al numerito que va indicando por qué piso va. Aquí no. Aquí te miran sin piedad, como si fueses de piedra. Te examinan de arriba a abajo, y si vas hablando no se cortan en escuchar, incluso se giran para oírte mejor si llegas a un momento interesante.


Pero no a todos les llamas la atención, hay otros, estos siempre hombres, que intentan arrancarse los pelos del mostacho o la perilla con las uñas, algo que ya me daba asco en Indonesia pero que veo es práctica normal en el Sudeste Asiático. Muchos simplemente prefieren sacarse espinillas y granos, como si estuviesen en el baño de su casa. Sí, lo sé, esta es una imagen desagradable para quienes os lo habéis imaginado, pero pensad en mi que lo vivo a diario.


Por otro lado siempre está la estupenda que va con gafas de sol en el ascensor; la guay que las lleva tipo diadema; la recepcionista modernilla que cree que el móvil es un altavoz y que su música es del agrado de los demás; y el repartidor de turno que tiene el detalle de usar auriculares, aunque no sepa que si lleva el mp3 al máximo de volumen es tan molesto como la receptionista y su móvil.


Y luego estamos Adam y yo. A saber qué pensarán ellos de nosotros...