Con un toblerone y una cocacola me dispongo a llenar este folio blanco, a corregir el error de dejar de lado mi blog, a volver a conectar con quienes estáis tan lejos pero tan cerca gracias a estas líneas. No sé muy bien por qué pero me gustaría tener algún disco de Sabina aquí, y escucharlo ahora. Me apetece alguna de esas viejas canciones.... de las que me recuerdan a mi infancia, a los años de cole y uniforme, a las amistades que se convierten en familia.
Aquí han pasado los meses y hemos tenido tantas visitas que ya no recuerdo ni las fechas. Así es fácil que el tiempo vuele. Las familias, los amigos, mucho habéis pasado por aquí dejando tantos buenos momentos, y otros acabaréis viniendo porque este es un trocito del paraiso –como Sela es otro-. Y me hace pensar en el abuelo, que siempre decía que en Sela sólo faltaban Adán y Eva. Qué cosas, ya tenía yo a Adán conmigo antes de que él se fuera, pero no llegó a verle en su paraiso. Aquí sólo falta Eva, tal vez por eso muchos han tomado la estúpida costumbre de llamarme así, Eva.
Desde mi ventana veo a lo lejos la bahía, y todas las tardes me sorprende la puesta de sol justo detrás de los últimos edificios de la ciudad, donde se mezcla el cielo con el mar. Unos dias me sorprende esa montaña que aunque está justo ahí, la mayoría de los días no se ve, y después de tantos meses sigo sin saber por qué.
Han empezado las lluvias y los tifones. Hay días grises en los que parece que mañana nunca llegará, y por las noches las tormentas no me dejan dormir porque me agitan como a una niña. Con los pies en la cabecera de la cama y la almohada a los pies para ver mejor por la ventana, me maravillo con cada rayo y cada trueno. Se ilumina la habitación y juego a hacer sombras mientras con cada vibración le pregunto a Mr. A “¿lo has notado en el estómago?”. A veces él está tan fascinado como yo, otras no, pero los dos sabemos que después de la tormenta llega la calma. Y así, pasados unos días grises, llega el cielo azul y el sol arde con fuerza, como hoy.
Así que me voy con mi música a otra parte, a disfrutar del día, pero nos vemos por aquí de nuevo pronto.
Manila empieza a sonreírte, y a llamarte sir, tan pronto como aterrizas. Ya estás sudando, y comprendes por qué todo el mundo lleva una toallita o un pañuelo en el cuello de la camiseta.
Nadie parece hacerte caso, hay demasiado ajetreo en todas partes, y todos nos hemos convertido en atareadas hormiguitas en fila, que nunca chocan entre sí. Desde un mirador, te das cuenta de que es una ciudad demasiado grande, demasiado compuesta de vidas independientes como para comprenderla. Células que no parecen conscientes del todo que forman.
Pero Manila es una isla en un mar de islas. Más allá, campos tan verdes que a las vacas, atadas por la nariz al suelo junto a las cunetas, les da pereza pastar. “Total, la hierba no se va a acabar…”, piensan demasiado vagas para agacharse. La tierra apenas se adivina debajo, y más bien parece que la selva impenetrable se extienda hasta el centro de la tierra.
Cada casa de bambú tiene su propio coro de gallos, cada pueblo su legión de triciclos y jeepnies. En cualquier carretera puedes parar y comprar fruta, carne, gasolina, tabaco… Casi cualquier cosa que necesites, estará a tu disposición en ese puestecito, o el siguiente.
No hay demasiados europeos, así que suele llamarte la atención encontrarte con otros. En general, parecen estar tan alucinados como tú. Perfectamente integrados, por suerte conseguimos olvidarnos de nuestro color. Después de todo, Butch nos recordará siempre que su culo es tan blanco como el nuestro, incluso a pesar de su Jaguar.
En otras islas hay playas de postal con centros comerciales. Nada intrusivo, simplemente para tener algo que hacer después del masaje en la tumbona. Desde la piscina puedes ver bancos de peces nadando tranquilos en el agua cristalina. Las estrellas y el mar sería lo único que oyeses, si no fuera la noche del videoke (¿cuándo dejó de llamarse karaoke?) en la choza-bar del pueblo.
Al amanecer me pregunto qué sentirán realmente los delfines hacia los barcos, su estruendo, y su olor a diesel. Luego la banca te llevará a la choza-aeropuerto. Pero de camino, si quieres, puedes hacer un recorrido por las iglesias más antiguas construidas por los españoles. Por suerte, aquí no somos recordados como conquistadores sanguinarios. Los japoneses fueron más crueles hace menos tiempo, así que ya sólo vienen coreanos. La herencia española se respira orgullosamente incluso en el lenguaje, de forma casi inconsciente, y casi acabas contagiándote. La nobleza del caballero español se ha conservado aquí de forma casi salvaje.
Por lo menos, “El Adelantado” Miguel López de Legazpi -cuyos restos yacen “confundidos y revueltos” con los de su nieto y otros “héroes de la conquista”- tuvo el detalle de juntarse con un jefe local para beber ambos la sangre del otro. Fruto del cariño de tus huéspedes, integrado y empático, deseas con todas tus fuerzas que gane Paquiao, y que no se extingan los tarseros.
Hacia el final del viaje, te das cuenta de que aquí puedes incluso respirar debajo del agua. Descubrir que los peces-payaso también tienen sentimientos, y que en el arrecife eres también una torpe hormiguita, intentando no estorbar el caótico pero fluido tráfico. Bucear allí es un regalo que no se olvida fácilmente, y siempre daré gracias a la diosa de la magia que me transportó a ese mundo por primera vez.
Si tienes suerte, puedes salir de allí con un dragón como aliado silencioso, para no olvidarte de la herencia china que hace al filipino un ser calmado, sabio, sonriente.
Alguien me dijo una vez que si hay un lugar para encontrar tu alma, ese es Filipinas. De vuelta al gris, al marrón, a la ciudad seca y luminosa sin ningún espíritu selvático, te das cuenta de que en efecto, tu alma ha cambiado. Y te reconforta echar de menos otro aire, otra gente, otra forma de vivir. Sin duda, me conozco un poco mejor, y me gusto un poco más.
Tenía 7 años cuando un día al volver del colegio se encontró con su casa vacía, sólo quedaban dos colchones tirados en el suelo y unas maletas que nunca había visto antes porque ellos no podían permitirse viajar, y que parecían muy nuevas aunque ya estaban llenas.
Su madre andaba como loca de un lado a otro, muy alegre, y tardó en darse cuenta del asombro con que su hijo le miraba. De prisa, en dos zancadas, pasó de estar frente a la ventana a abrazarle diciendo “¡América! ¡Nos vamos a América!”.
“¿América?” pensó él. Sabía que estaba muy lejos, que cuando allá era de noche acá era de día, y que sus vecinos también se habían ido a América pero años antes, cuando él era un crío. Sabía que quienes van no vuelven, porque sus vecinos nunca volvieron, y porque su madre siempre le hablaba de ese gran país y del sueño americano.
Aunque todavía era pequeño, entendía bastante bien la situación, y no le hacía demasiada ilusión marcharse sin más, no volver a ver a sus amigos, a su abuela, ¿qué seria de su perro? Pero él era un niño listo y bueno, nunca se quejó.
Era tranquilo, de movimientos lentos e ideas rápidas. Alto para su edad y su raza, con manos grandes y dedos largos y esbeltos. Pasaron los años y él nunca se quejó, pero en cuanto pudo hizo sus maletas y se largó.
Se quedó un tiempo en Hawai, porque tantas veces le habían dicho que aquello estaba entre acá y allá, y aunque en realidad era allá se parecía más a acá. Le gustó, pero seguía teniendo una cuenta pendiente al otro lado del planeta. Así que volvió a hacer las maletas y tranquilamente regresó al que en su infancia fue su hogar. Nada era lo mismo porque todo había cambiado, aunque de alguna manera seguía siendo el lugar que tanto había echado de menos.
En América su madre estaba escandalizada. Le horrorizaba la idea de confesar en su grupo social que su hijo había vueto a aquel lugar del que ella había logrado salir tras un enorme esfuerzo.
Pero él era listo y bueno, de movimientos lentos e ideas rápidas. Alto para su raza, con manos grandes y dedos largos y esbeltos.
Un desconocido le ofreció trabajar para él en la empresa que acababa de crear. Así se convirtió en el primer empleado de una empresa nueva que apostaba por un innovador negocio en un país desconocido, incluso para él. Su madre se seguía lamentando, pero ya sabemos que él era listo. Años después se ha convertido en el mayor socio de su empresa, y es el Presidente de un negocio que crece a pasos de gigante aún hoy en pleno infierno económico.
Y su madre, su madre llora cada vez que le ve y le ruega que vuelva a América, aquel gran país, porque ella nunca se dará cuenta de que él ya es el mismísimo sueño americano.
Y es que nuestros sueños no son los de los demás, ni nuestra felicidad debe medirse por los estándares de otros. Unos siguen el camino que les han marcado sin quejarse porque aunque no son felices, tampoco son infelices; otros se desvían y se quejan sin cesar así que siempre andan entre la felicidad y la culpa; mientras, los más listos se limitan a seguir su propio camino y disfrutarlo.
Ayer le di a Evelyn algo de comida que nosotros no nos íbamos a comer y me dio las gracias añadiendo que así no tendría que comprar comida hoy y tal vez tampoco mañana. Como casi siempre, me dio qué pensar. Si compra comida a diario,significa que no tiene suficiente dinero para comprar para varios días, es decir, vive día a día, con lo que gana hoy come mañana, pero no pasado.
La gran mayoría vive así en Filipinas. En general no se mueren de hambre como en África, pero tampoco viven a gusto ni con seguridad, porque saben que hoy hay pan pero tal vez mañana haya hambre. La última ingeniosa idea del gobierno para suavizar el número de despidos es reducir drásticamente el número de horas que cada uno trabaja. Así, por ejemplo, en las fábricas trabajan en semanas alternas, o tan sólo dos días a la semana. Salvan puestos de trabajo, pero los sueldos caen vertiginosamente en un país en el que el salario mínimo es de unos 60 céntimos de euro la hora.
Siempre me ha llamado la atención que en los puestecillos que venden comida en la calle (una comida completa sale por menos de dos euros y siempre están a rebosar) la gente no compra latas de refrescos, sino que compra dosis. Me explica mi conductor cómo funicona la historia: por unos 15 céntimos de euro compras un refresco, que no una lata o botella, ni siquiera un vaso, es un poco menos, y te lo sirven en una bolsa de plástico, igualita a las de las chucherías de los niños. Si es para llevar, le hacen un nudo y te la llevas como si acabases de comprar peces en una tienda barata. Si es para tomar, le ponen una pajita dentro y la sujetas mietras te lo vas bebiendo. Bonito no sé, pero bueno y barato sí parece.
En las tiendas venden el champú, o gel, o crema de afeitar, en sobrecitos de una dosis, como si fuesen azucarillos o ketchup de cafetería. Es un poco como los móviles de prepago, compras lo que puedes y lo usas cuando lo necesitas, controlas el gasto e incluso lo reduces.
Hablando de prepago, han anunciado otra idea ingeniosa esta semana. A partir de ahora van a vender tarjetas de minutos prepagados de .... ELECTRICIDAD! No entiendo muy bien cómo va a funcionar esto, ni tampoco me parece muy cómodo. A ver, yo me lo imagino así, estás en casa cenando y se va la luz “anda, nos hemos quedado sin saldo. ¿Quién va a ver si queda alguna tienda abierta y compra una tarjeta de 60 minutos?”, pero esta parte ya a oscuras, con tu marido cabreado porque así él no puede comer, tus hijos dándose codazos a ver a quien le cae el muerto encima, el perro lloriqueando porque le da miedo la oscuridad... no sé, no me convence.
Lo que tengo claro es que no me gustaría una vida dosificada, con minutos prepagados de dignidad, sin saber qué pasará mañana.
Hay días en los que simplemente me apetece escribir. Teclear. Cualquier cosa. Y entonces las ideas empiezan a girar, a veces demasiado rápido, y quiero escribirlas todas. Como ahora, que Adam está cambiando de canal. Pone uno, lo deja unos segundos, cambia, lo deja unos segundos, cambia, un documental sobre gibones rescatados de la maldad humana, una partida de póker en la que gana uno con un pareja de 4s cuando el otro tenía pareja de reinas pero no supo ver el farol del contrincante, martha stewart cocinando no sé qué porque Adam ha vuelto a cambiar, una peli mala, Cops (Bad boys, bad boys Watcha gonna do, watcha gonna do, when they come for you), vuelta al póker y por una vez hay una mujer y todos los hombres menos uno llevan gafas de sol, CNN nos da el parte meteorológico para Asia y tenemos 34 grados en Manila, un desfile de moda con chicas delgadísimas pero preciosas que lucen una colección llena de movimiento, un culebrón local en tagalo pero cuya trama entiendo sin necesidad de palabras, otro documental, misa en tagalo, anuncios, anuncios, anuncios, en mtv un grupo de chicos asiáticos exagerademente afeminados, póker.
Mientras se suceden las imágenes en la televisión, las ideas se suceden en mi cerebro. Se ha ido mi jefa por fin, que alegría que Chris se lo haya pasado tan bien, que tal estará Mini en Londres, ¿y Pati?, que no se me olvide que es el cumple de Mar, dentro de poco sería el de mamie, que de cumpleaños en esta época, a ver si Evelyn termina con la plancha y me da un masajito, me duele un hombro, que bien he dormido este fin de semana, esas vistas desde la cama eran tan alucinantes que aún no me creo que el sábado me levanté a las 9 habiendo dormido sólo 5 horas, oh no he escrito horas “houras”, paso demasiado tiempo pensando en inglés, ¡Nay se va a China!, bueno y Jota viene aquí, también vienen mis hermanitas y parejas, ¡y los pobres padres al final después de todos los demás!, debería estar mirando vuelos para todos en internet, me duele la cabeza, Evelyn pasa por aquí pero no ha terminado, el apartamento estaba hecho un desastre, se ha ido mi jefa, que pena que ya no esté aquí Chris, que limpio y ordenadito está ahora todo, ¡masaje por fin!
Miro al mundo y me enfurezco de nuevo. Si en el pasado fueron los esclavos de Dubai, el hambre en el mundo, el cambio climático o los cobardes asesinos, hoy hay otras razones y voy a compartir una. Tal vez llego tarde porque ya no es noticia, ya no ocupa primeras páginas de periódicos del mundo, de hecho tal vez nunca las ocupó.
Zimbabue, lugar que he visitado y en el que he tenido una de las experiencias más increibles de mi vida, es hoy un país completamente hundido en la miseria mientras su presidente Mugabe, antiguo héroe nacional y personaje protagonista y clave en la historia reciente del país, celebra su cumpleaños con dos mil botellas de champán y 500 de wiskey, 8,000 langostas y 4,000 raciones de caviar.
Si miramos al pasado de Zimbabue, vemos una Rodhesia del Sur (el nombre viene de Cecil Rhodea, que dirigió la colonización inglesa de la zona a finales del s. XIX) rica en minerales y con una agricultura fuerte. Mugabe se conviertió en héroe nacional tras luchar por la independencia de su país y conseguir en 1980 que el poder fuese transferido a la mayoria negra (99% de la población). Mugabe pasó a ser el jefe del gobierno de la recién reconocida República de Zimbabue.
Sus primeros años en el gobierno (que a día de hoy no ha abandonado) fueron fructíferos y consiguió un desarrollo económico más que respetable. Cooperó con China y permitió que los granjeros ingleses permaneciesen en el país. Zimbabue llegó a ser uno de los mayores exportadores agrícolas de África. Mugabe también redujo el analfabetismo a menos del 10% de la población.
Hoy, pasada una década de prosperidad y otra en crisis, Mugabe sigue en el gobierno de Zimbabue, pero la imagen es muy distinta. Él se ha convertido en el clásico dictador borracho de poder, octogenario, corrupto. Zimbabue es ahora uno de los países más pobres del mundo: más de la mitad de la población se muere de hambre, el desempleo afecta al 90% de los adultos, la inflación es del 160,000%. Además, la esperanza de vida sólo alcanza la desalodora edad de 36 años, 65 de cada 100 niños menores de 10 años muere antes de superar esa edad (¡65!); y, para rematar, Zimbabue sufre el peor brote de cólera de su historia.
Mientras, Mugabe celebra por todo lo alto y sin ningún pudor su 85 cumpleaños. Cita El País un artículo de The Times cuando afirma que: “Un total de 4.000 porciones de caviar, 3.000 patos, 16.000 huevos, 3.000 tartas de chocolate y vainilla, champán francés y 8.000 cajas de bombones Ferrero Rocher” serán servidos en la fiesta de cumpleaños que promete superar a la del año pasado (¡que salió por 1,2 millones de dólares!).
Y una vez expuestos los hechos (con algo de opinión) de esta historia, dejo que cada uno piense en su conclusión. Seguro que las fotos de su casa ayudan....
Cosas insignificantes que sin embargo me hacen feliz:
-Las rayitas en la carretera que hacen tacatacataca y te tiembla el cuerpo
-Llegar al semáforo justo cuando se pone en verde
-Cuando voy en coche medio dormida y apoyo la cabeza en el cristal y el sol me calienta y me mece
-La lluvia cuando no llevo tacones y puedo permitirme que me empape
-La nieve si estoy en casa y no tengo nada que hacer
-Las chimeneas
-Dormir hasta tarde, a tu lado
-Escuchar una y otra vez esa música que siempre me hace sentir bien: ben harper, gotan project, jack johnson, saint germain, thievery, fat freddy’s drop, ojos de brujo, la mala, red hot chili peppers, sublime, tom petty, portishead, y tantos otros
-Papá cortando jamón con las gafas en la punta de la nariz y Vodkita, perrita fiel, a sus pies
-La risita que se le escapa a mamá cuando hace una interpretación libre de un comentario (y lo relaciona con algo sensual o sexual)
-Vivir al lado de todos mis primos
-Ver la cara de la gente cuando digo que tengo una hermana gemela
-Los esporádicos abrazos de mi hermano
-La casa de las Descalzas
-Sela
-El lomo ibérico, los huevos estrellados y el foie
-Las aceitunas, de cualquier color pero con hueso, acompañadas de patatas fritas y pepinillos
-Concinar, mínimo para dos
-Comerme la pasta mientras se cuece (de hecho, ir probando todo lo que cocino)
-Ben & Jerry’s Half Baked y Chunky Monkey, a medias contigo
-Las golosinas
-Tener ventana en el avión, a poder ser salida de emergencia
-Apretar el cinturón de seguridad en el avión porque estoy más delgada que el pasajero anterior
-Ver que aparece una ventanita en la pantalla del ordenador que sólo dice "...", como un suave toc toc toc en la puerta, y saber que es Jota
-Los libros que me enganchan y no me dejan dormir de noche para seguir leyendo
-El sonido de las olas del mar
-Nadar
-Ver y hacer fotos
-Contar una y otra vez cuántos países he visitado, y darme cuenta de que la mayoría han sido contigo
-Caminar descalza
-Encontrarme el cepillo de dientes ya preparado (con pasta y mojado) por mi Adam o mis hermanas
Y a ti, ¿qué cosas insignificantes te hacen feliz?
Como salidas de una película, hay escenas de la vida que no parecen reales, sino ideadas por un director o guionista.
En Madrid hace unos meses estaba yo en La Alegria cuando me creí parte de una peli de Almodóvar. Busqué al genio gordito pero no le encontré, ni tampoco su cámara. Estaba Fermín en la barra y Benito sirviendo menús del día en el comedor a rebosar de gente. Un murmullo constante como banda sonora. Una mezcla de olores despiertan mi apetito. En nuestra mesa, la de la esquinilla, lentejas de primero y de segundo lomo de cerdo con patatas y huevos fritos para todos, olé! si es que no se puede ser más castizo. Sentada en una banqueta compartía mesa con otro madrileño de pura cepa y un americano que se chupaba los dedos con la comida.
De pronto, Benito, que por aquel entconces no me conocía, se acerca a mi mesa, señorita. ¿Helena?, imaginen mi asombro, yo que estaba de incógnito para que no me tratasen de forma especial por ser la hermana de la alegría del barrio, tiene una llamada. Y yo, sin salir de mi asombro, sigo a Benito hasta la cocina donde Luci fríe sin descanso patatas y huevos y filetes y más patatas. Una cocina pequeñita, como de playmobil, en la que Luci es la reina de los fogones y se las apaña sin problema para preparar tres entrantes y tres segundos distintos cada día. Eso sí es arte.
Al teléfono la alegría del barrio, no podía ser otra. Charlamos un poco y vuelvo a mi banqueta blanca en la esquinilla. Se ha vaciado el comedor y quedan un par de hombres fumando un cigarrillo y bebiendo un carajillo. Ahora que me han desenmascarado Fermín se acerca a saludar, secándose las manos en el delantal, Benito le sigue. Ellos no me conocían, pero yo no estaba en La Alegría por casualidad sino por recomendación.
Sorprendentemente uno de los hombres asegura haberme reconocido, sí hombre sí, esta es la del Cinco Días, ¿verdad?, y tiene toda la razón. Es el Kioskero y descubro que tiene una memoria extraordinaria, han pasado por lo menos seis meses desde aquella contraportada. De pronto acaparo la atención de todos los allí presentes, todo hombres porque Luci aún anda en la cocina. La escena es de lo más peculiar, y yo sigo esperando a que aparezca Almodóvar.
Hoy sin embargo, en la otra punta del mundo, me he sentido como en una peli del gran Tarantino. De castizo poco. Todo lo contratio. Adam y yo con resaca, llevamos más de 15 horas sin comer y en el estómago un par de botellas de Rioja cada uno. Hace cuatro horas que estamos trabajando pero estamos que morimos y necesitamos comida, grasienta a poder ser. Lo único que coincide con la escena anterior son las patatas fritas. Son las 12:30 de un miércoles cualquiera, en un McDonalds de Manila. Y no es un McDonalds cualquiera porque al entrar nos ha tomado nota una chiquita muy amable, quien a su vez le ha pasado el pedido a la cajera. Mientras Adam paga yo busco mesa, misión imposible, está a rebosar. Milagro, se levantan unas niñas de uniforme y no han dado dos pasos que un muchacho ya ha vaciado y limpiado la mesa y con una sonrisa me llama. Al mismo tiempo aparece Adam con una camarera a su vera que lleva la bandeja con nuestra comida. Esto sí que es fastfood y fastgood. Cuarto de libra con queso en una mano, patata en la otra, me doy cuenta de repente de que estamos fuera de lugar. Alguna mirada indiscreta, susurros, sonrisas de quienes nos rodean confirman que ellos también lo notan. Adam con traje y yo con el vestido más sexy pero formal que tengo, maletín, taconazo. A nuestro alrededor decenas de niñas de colegio, con uniformes blancos que cubren hasta debajo de las rodillas. Algunas familias, bebés. Casi todos comen pollo o espaguettis, y arroz. Todos Filipinos, bajitos, pelo negro, ojos ligeramente rasgados, labios gruesos, piel oscura. Me parece como si de pronto ellos fuesesn todos un decorado y nosotros los protagonistas de una escena que sólo puede ser de película.
Un hombre o una mujer sin manos no se puede lavar la cara, ni atarse los zapatos, ni desabrocharse el uno al otro la camisa. No pueden mesarse los cabellos, ni taparse los oídos, ni abrir un libro, ni tomar una pluma. No pueden leer ni dibujar el rostro que acarician, ni quitar las legañas a un bebé. No puede, al salir de una pesadilla, frotarse los ojos con alivio, ni colocar la palma o el envés sobre la frente de su hijo para medirle la temperatura. Ni comprobar el grado de dureza de una fruta, partir el pan, recorrer con la punta del índice los versos de un poema. Ni señalar podrían un pájaro en un árbol, una libélula sobre el estanque, un dolor en un punto concreto del pecho o la garganta. No podrían sin manos una mujer o un hombre sacar un conejo de la chistera ni unas monedas del bolsillo ni pintarse las uñas, ni clausurar los párpados de los padres fallecidos con los ojos abiertos. Unos adolescentes sin manos no pueden masturbarse ni cogerse de la cintura, ni retirarse el pelo de la frente, ni quitarse los granos de la cara. No pueden sostenerse la cabeza al llorar, ni encender los primeros cigarrillos, ni alcanzar aquellas zonas del otro en las que el único órgano de visión competente son las yemas de los dedos. Un bebé sin manos no tiene dónde almacenar la memoria de la ropa interior de su madre ni la textura de sus pezones. Aún así, hay lugares en los que las manos no valen nada. Las cortan como quien poda, arrojándolas al medio de la calle, donde los soldados las pisotean con la neutralidad asombrosa con que nosotros pisamos las hojas del otoño. No cabe imaginar mayor crueldad ni lobotomía tan eficiente como la de arrancar del cuerpo las manos espantadas. Quizá no nos la merezcamos, al menos mientras nos quepan en la cabeza la posibilidad de que otros vivan sin ellas.
Para mi los ascensores y los centros comerciales son muy parecidos: aire cargado, luz artificial, vaivén constante de gente. No me gustan ni los unos ni los otros, y los evito siempre que puedo porque me provocan claustrofobia y me agobian.
Sin embargo, en este país he descubierto una similitud más: son como el metro. Si te esfuerzas pueden resultar de lo más interesantes, además de entretenidos. El lugar idóneo para llevar a cabo una disertación antropológica.
Creo que nunca antes había pasado tanto tiempo metida en ascensores, y empiezo a acostumbrarme. De momento he conseguido que nadie me toque, ni me roce, tal vez porque siempre soy la única mujer blanca en el ascensor. Además de blanca, le saco una media de una cabeza a todos los que van metidos en esa caja que sube y baja. Así que se mire como se mire, siempre impongo algo de respeto, y curiosidad, a todos los presentes. Pero esa curiosidad es recíproca.
A mi personalmente me llama la atención un poco todo. Empezando por lo bruscos que son a la hora de meterse en el ascensor, como si en ello les fuese la vida, cuando hay cuatro más que antes o después volverán a pasar por el mismo piso. En esto los filipinos son pequeños pero matones, y si te descuidas se te cuelan 10 o 12. Y no exagero. Hay que tener en cuenta que si en un ascensor normal la capacidad máxima es de unas 15 personas, unos mil kilos, aquí caben el doble porque son diminutos y peso pluma. De hecho, algunas mañanas en las que dormito mientras espero paciente mi turno, fantaseo con que van a aparecer Ana Obregón y Ramón García cantando aquello de ¿Qué apostamos?porque no es normal que tanta gente se meta en un ascensor por voluntad propia y sin recibir nada a cambio.
Lo que más me molesta es su estrategia para coger el ascensor a la hora de comer. Como los que bajan van llenos, pues se meten en el que sube, porque en algún momento bajará. Total que quien realmente quiere subir no puede porque los que quieren bajar llenan el ascensor que sube para después bajar. Vamos, que si no estuviese en el piso 19 subiría y bajaría andando con tal de evitar meterme en la lata de sardinas.
Volvamos al interior de la caja en hora normal, véase yo rodeado de unos 20 personajes diminutos que me miran como si yo fuese la rara. En Europa, la gente va a lo suyo y la mayoría suele mirar al numerito que va indicando por qué piso va. Aquí no. Aquí te miran sin piedad, como si fueses de piedra. Te examinan de arriba a abajo, y si vas hablando no se cortan en escuchar, incluso se giran para oírte mejor si llegas a un momento interesante.
Pero no a todos les llamas la atención, hay otros, estos siempre hombres, que intentan arrancarse los pelos del mostacho o la perilla con las uñas, algo que ya me daba asco en Indonesia pero que veo es práctica normal en el Sudeste Asiático. Muchos simplemente prefieren sacarse espinillas y granos, como si estuviesen en el baño de su casa. Sí, lo sé, esta es una imagen desagradable para quienes os lo habéis imaginado, pero pensad en mi que lo vivo a diario.
Por otro lado siempre está la estupenda que va con gafas de sol en el ascensor; la guay que las lleva tipo diadema; la recepcionista modernilla que cree que el móvil es un altavoz y que su música es del agrado de los demás; y el repartidor de turno que tiene el detalle de usar auriculares, aunque no sepa que si lleva el mp3 al máximo de volumen es tan molesto como la receptionista y su móvil.
Y luego estamos Adam y yo. A saber qué pensarán ellos de nosotros...
Sus manos recorren mi cuerpo con el mismo cuidado, tacto y dedicación que lo hacían hace unos años. Mientras ella se concentra en buscar nudos y contracturas, yo pienso en sus manos. Pienso en ellas y en todas aquellas que veo a diario aquí. Manos que van y vienen, que todo lo tocan. La mayoría son pequeñas, uñas cortas, piel oscura. A lo largo del día veo cientos de ellas. Manos que van y vienen. Casi todas mueven rápida y ágilmente su pulgar para escribir mensajes de texto. Otras trabajan sin descanso en tareas que me parecen cuanto menos inútiles, como las de ese señor mayor que cada mañana arreglan sin descanso sus periódicos tirados en la acera, o quienes ordenan sus sellos de caucho por tamaño y color aunque no los mire nadie. Manos que van y vienen. Algunas me desconciertan, como en el ascensor de la oficina donde cada vez que lo uso, sin execpción, veo a hombres y mujeres urgando su nariz, sacándose espinillas o quitándose caspa del pelo. Me desconcierta, me irrta, me descoloca. En los semáforos tocan mi ventana sin cesar, unas simplemente piden limosna, otras venden desde cigarrillos a estropajos, pasando por cacahuetes y empanadas, pero absolutamente todas tocan mi ventana de forma insistente, como si por eso les fuese a hacer más caso. Manos que van y vienen. Otras son impacientes y sus dedos galopan sobre las mesa o sobre los espejos del ascensor de antes, o contra las ventanas de los bares, ansiosas. Unas fuman, otras dirigen el tráfico, algunas rebuscan entre la basura. Pero las manos que ahora me tocan son bellas, sabias y fuertes y recorren mi cuerpo como si lo hubiesen hecho todos los días de mi vida. Sus manos son únicas y las reconocería en la oscuridad si me tocasen un sólo segundo. Sus manos no las cambiaría por otras.
Este vídeo me ha dejado alucinada, y no importa si ella misma escribió el discurso o si simplemente lo leyó con fuerza y con sentimiento. La traducción no es perfecta, pero el mensaje es lo que cuenta.
Y yo creía que este sería un año genial. Tan segura estaba que intenté convencer a todo aquel que me prestó su oído un rato. El resto del mundo quiso convencerme a mi de lo contrario, con argumentos de peso según ellos: crisis, recesión, desempleo.... No les hice caso, y esas razones siguen sin convencerme a día de hoy porque la economía no puede ni debe determinar nuestra felicidad. Sin embargo, en este momento me apetece gritarle al aire que este año es una mierda. Quiero llorar, quiero maldecir, quiero decir un taco detrás de otro hasta que ya no se me ocurra ninguno más.
Pese a todo sigo convencida de que este año nuevo va a ser de los buenos, de los que pasan a la historia de forma positiva, y nos va a hacer feliz. Aunque todo a mi alrededor diga lo contrario. No ha pasado ni un mes desde que celebramos la entrada de 2009 y prácticamente todos mis familiares y amigos han pasado ya un mal trago: muertes, accidentes, enfermedades. Pero me niego a reconocer que este año va a poder con nosotros y nuestra felicidad.
Entonces sólo me queda ser creativa, original, buscar una explicación y una solución para que no nos queden 340 días de desgracias. Y la he encontrado. Tal vez los chinos son más listos de lo que pensamos, o simplemente su calendario es el acertado. Y si de él nos fiamos, me alegra informar de que el Nuevo Año empieza.... mañana! Sí amigos, el 25 de enero, es decir hoy, es el último día del año de la Rata (que por cierto también explica porque “2008” ha sido un asco) y el 26 de enero empieza el año del buey.
Así que si entre el 1 de enero y hoy no has sido del todo feliz, aprovecha!Por qué no darle una oportunidad a este “nuevo” Año Nuevo? Celebra esta noche (aunque sea en privado, que la procesión vaya por dentro), y que mañana empiece una nueva etapa y un nuevo capítulo para todos. Y como he dicho muchas veces antes,
Una semana en Abu Dhabi, un par en España, otra en Estambul, dos en Filipinas, más de un mes alejada de mi blog. He echado de menos escribir, pero distintas circunstancias me han mantenido apartada. Y aún mejor, más de uno ha echado de menos mis posts, lo sé porque en el ultimo mes el blog ha tenido más de 140 visitas, y ninguna actualización! Lo digo con ilusión y satisfacción pero sin vanidad ni arrogancia.
En este mes han pasado muchas cosas. He estado en 4 países y tres continents, climas y temperaturas muy distintas. Las Navidades me han recordado que estoy más lejos de lo que me gusta reconocer y lo he notado porque me he sentido abrumada por la cantidad de cosas que tenía que hacer, gente a la que tenía que ver, llamadas que tenía pendientes… y eligo decir “tenía” y no “quería” porque en muchos momentos sentí más obligación que deseo. Demasiado que hacer en muy poco tiempo. En verano, por ejemplo, todo el mundo está más relajado, hace buen tiempo, haces las cosas “porque sí” y no “porque es Navidad”…
Sin embargo, ha habiado muchos y muy diversos buenos momentos, de esos que sí quería. Sólo vi a mi Nay un día para comer, pero qué bien comimos! Y a ella le hizo bien estar en su isla. Conseguimos juntarnos un montón de primos, sin que tuviese que hacer la primera comunión o casarse uno de nosotros. Simplemente porque sí, y nos lo pasamos pipa! (Desde aquí un besazo especial para David, que espero vuelva a leerme pronto). A Sandrita la vi brevemente pero fue más que suficiente para recordar por qué es una de mis mejores amigas aunque nos veamos una vez al año. Jota ha sido el amigo afortunado estas Navidades (suele serlo...) y nos hemos visto bastante, hasta conseguí convencerle para salir de Madrid y llevarle a la Sierra (aunque cambié todos los planes en el último minuto). Una cena de lo más divertida en una casa que me ha parecido terriblemente acogedora, tal vez por el número de belenes (otro beso muy especial desde aquí para ti Carlos, que espero me estés leyendo). La cena de fin de año ha sido distinta, casa nueva, distinta familia organizadora, y en mi opinión un triunfo absoluto, gracias!!
También ha habido gente a la que no he podido ver, llamadas que no he hecho, cenas a las que no asistí. Leire, Guio, Carmen, Silvye, Raúl, Jaime.... creo que es emjor no vernos a vernos mal y rápido, así que os debo una a cada uno, pero una de verdad, de calidad.
Otros estáis lejos incluso cuando yo estoy en casa... Chris, Mandy, Gergana, Rodolfo, los Jones y el resto del compound and so many more, estoy planeando un buen viaje a América tal vez a finales de año o en 2010, donde pienso pasar al menos un par de meses, e incluir Sudamérica en el recorrido.
A todos, gracias por estar cerca aunque estemos lejos. FELIZ AÑO y venid a visitarme!
Vuelvo a estar en Manila. La ciudad me ha recibido con lluvia y muchos recuerdos. He vuelto a hospedarme en el Peninsula, donde viví durante tres meses hace dos años. Caras conocidas, olores que me devuelven a otros tiempos. Las toallas siguen teniendo ese olor único, el agua nunca sale del grifo fría del todo aunque sea el mejor hotel de la ciudad (como dice mamá, siempre es mejor tener agua caliente y no fría que a la inversa!). Al ir a desayunar la segunda mañana he oído un grito de emoción y una voz que decía "Ms Alvarez, it's you!". Sorpresa, era Candy, la camarera que me servía el desayuno todas las mañanas. Después ha añadido "I always remember you, and your espresso with ice! Do you still drink it like that?". Dos minutos después tenía el cafe perfectamente preparado y servido delante de mi. En el Peninsula y en Manila viví, trabajé, sufrí, lloré, reí.... Y el destino me ha vuelto a traer, pero estos son otros tiempos.Se abre un nuevo capítulo en mi vida, como entonces se abría una etapa.
Son las 7 de la mañana de un sábado cualquiera cuando me despierta un sms. He dormido 4 horas y lo último que me apetece es acompañar a mi jefa a una reunión informal que presiento no llegará a ocurrir. Reconozco que el lugar para el encuentro me atrae, pero tengo sueño. Vamos a una carrera de camellos!
Me recoge tarde y estoy de mal humor, no me apetece hablar así que me hago la dormida, como cuando era una niña. Tengo mal despertar y más cuando a las 7 un finde me despierta un sms con una reunión de última hora en la que no pinto nada, lo admito.
Conducimos unos 45 minutos hasta llegar a la desviación 47 Al Wathba Racetrack. Y de repente, empezamos a ver camellos por todos lados, en grupitos de 3 o 4 con un hombre que los guía, unos a pie otros a camello, pero todos de piel oscura. Beduinos con turbante en la cabeza. Los camellos tienen la chepa cubierta por mantas, para que no pasen frío, sólo hace 19C grados. Su caminar es armonioso, mueven ligeramente el cuello, todo a un ritmo lento pero agradable. Parecen galgos. Sus patas son largas, las de detrás más que las de delante, lo que hace de su andar algo casi gracioso. También hay grupos grandes, como rebaños, 15 o tal vez más. Todos cubiertos con la misma manta, preciosa y limpia; están mejor cuidados sin duda que sus cuidadores. Deben de pertenecer a un jeque, por lo que me explican.
El paisaje es cada vez más singular, estamos en medio del desierto, pero hay decenas de granjas en las que viven camellos, y beduinos. Hay incluso un mini zoco. Cuando por fin llegamos al... Estadio? Pista? Camellódromo?... Las gradas están vacias y un hombre con acento francés, el único blanco y no árabe aquí, nos explica que nadie las usa porque desde ellas no se va nada. Hay una torre a la que podemos subir, o podemos seguir la carrera desde el coche. No, perdón, no desde el coche sino con el coche. Podemos seguir a los camellos durante la carrera, eso es lo que se hace normalmente. Debe de ver nuestra cara de incredulidad y desconcierto porque con el dedo señala algo en el horizonte, donde conseguimos adivinar una nube de polvo. Según se va acercando adivinamos que es polvo y coches. Mi jefa jura que no hay camellos pese a que yo insisto en que no los vemos porque son de un color parecido al de la arena del desierto, lo que provoca un efecto camaleónico, como si estuviesen camuflados.
Mientras tenemos esta discusión en la que ella está convencida de que me equivoco y yo de lo contrario, la nube se ha convertido en una veintena de coches, y al poco vemos a una veintena de camellos corriendo al lado de los coches. Me ha hecho madrugar, pero ahora me anoto un puntazo, in your face.
Nos acercamos con el coche a donde están todos los camellos y sus cuidadores, yo me bajo del coche para hacer fotos y ver de cerca lo que está pasando, pero ella se niega, somos las únicas mujeres aquí y dice que le asusta el ambiente... Whatever tía. Para la siguiente carrera consigo convencerla de que nos unamos a la diversión y sigamos la carrera con el coche. Y lo hacemos. Una veintena, o más, de coches conduce con los ojos en los camellos y no en la carretera. Se nota que lo hacen a menudo porque han desarrollado una habilidad exepcional para conducir de este modo sin chocarse. Nuestro conductor sin embargo sufre un poco ya que no quiere perderse el espectáculo, pero también necesita conducir con cuidado.
Ahora que los camellos corren me doy cuenta de lo ridículo que es este deporte. Juro que los cinco últimos camellos no tienen fuerza para correr, más bien se arrastran como pueden hacia la meta, que queda lejos porque son unos 7 kilómetros de recorrido. Van a unos 35km/h. Ahora ya no parecen seguir ningún ritmo armonioso. Se han convertiro en animales ridículos, como una parodia de sí mismo. Sus piernas no son proporcionales, por lo que terminan pareciendo bobos, con la baba literalmente colgando.
Pero lo que realmente me parece cómico, casi de forma sarcástica, es el robot que llevan en la chepa. Sí, sí, un robot. Hace un tiempo se prohibió el uso de jockeys porque los jeques utilizaban niños, que pesan menos que los adultos, y al parecer los tenían esclavizados, literalmente. Incluso el Jeque Mohammed de Dubai fue acusado de emplear a niños, que además eran mal tratados y estaban mal nutridos. Total que para que no haya más denuncias internacionales se ha decidido que ya no hay jockeys y usan una maqunita, pequeña, que para más burla tiene un látigo pequeño controlado con un mando a distancia, para fustigar al camello cuando no corre lo suficientemente rápido.....
Sobra decir que la reunión no llegó a ocurrir porque mi jefa se había equivocado, no nos habían citado en las carreras de camellos sino en las de caballos. Y ya ves, aquí estábamos nosotras esperando en el camellódromo, ¡la equivocación más normal del mundo oye!