Lo hemos oído en incontables ocasiones, y siempre parece ser cierto.
Muchos me han pedido que escriba algo sobre el tifón que arrasó medio Manila y trajo inundaciones al 80% de la ciudad hace unos días. Más de uno pide una crónica en primera persona, sobre lo que he visto y cómo lo he vivido.
Pero creo que no tengo palabras para explicar lo que se siente. O lo que siento yo, una persona terriblemente empática. Así, a lo tonto, ahora mismo mientras tecleo, se me llenan los ojos de lágrimas. Algo similar me pasó en Nueva Orleans visitando las zonas destrozadas por Katrina unos 4 meses antes. Aquí sólo han pasado 12 días. Doce días. Hay zonas donde el agua sigue cubriendo casas, ayer mismo lo vi.
Así que no pienso escribir un texto devastador, que os saque las lagrimillas, porque esto es serio y vivirlo en primera persona es jodido. No voy a contar dramas ni historias estremecedoras porque me niego a ser parte de ese morbo. Sí dejo aquí fotos del desastre, muchas las habréis visto ya.
Los ánimos de la gente están cambiando. Pánico, desolación, agonía, impotencia, tristeza, sufrimiento. Pero con la calma que viene después de la tormenta se empieza a calentar el ambiente y más de uno busca ahora culpables. Yo anticipo otra tormenta, esta vez política. Pero sus efectos no van a ser comparables con los de Ketsana -aquí Ondoy-.
Esa clase media filipina casi inexistente no olvida, muchos de ellos han perdido casas, negocios, coches, incluso familiares. Los demás son demasiado ricos o demasiado pobres para buscar culpas. Pero esa clase media se ha encontrado literalmente con el agua al cuello, algo que no habían sufrido antes. Las inundaciones suelen afectar a los más pobres, y los demás ven agua pero no mueren ahogados, no sé si me explico.
Por eso esta vez más que nunca, ahora que todo empieza a volver a la normalidad, no quieren que se olvide lo que ha pasado. Ya no sólo por tener a quien culpar, sino por algo mucho más noble: evitar que se repita. Está claro que un tifón es incontrolable y muchos pensarán que el nadie es culpable... No tan rápido, por favor.
Un buen ejemplo es que la agencia meteorológica de Filipinas daba al tifón una fuerza de 1 (en una escala de 1 a 4, siendo 4 lo más devastador). Sí, habéis leído bien, 1. Para que nos entendamos, Filipinas sufre una veintena de tifones cada año durante los meses de lluvias, así que están muy acostumbrados y saben qué hacer y qué no hacer para prevenir sus efectos. Un tifón categoría 1 con vientos de 80km/h en Filipinas es como una tormenta en España, no se le da ninguna importancia y como mucho se recoge lo que hay fuera para que no se moje. Es decir, muy pocos estaban preparados para el tifón más fuerte que ha afectado a Manila en cinco décadas.
Si hubiesen sabido la que se les venía encima, muchos hubiesen podido hacer algo al respecto. Al menos hubiesen podido salvar sus vidas, y tal vez parte de sus casas y negocios. Pero es que en 8 horas cayó más agua que en todo el mes de septiembre, ¡uno de los más lluviosos del año! El agua literalmente llegaba al cuello de mis vecinos a 10 manzanas de mi casa.
Y esa es otra. Al parecer hay un rádar que detecta la cantidad de lluvia/agua que traen los tifones, pero el Gobierno de Filipinas no lo tiene porque es muy caro... ¿En serio?¿En un país que sufre más de 20 tifones al año, cada año? Se estima que los daños producidos por Ketsana son de unos 2,000 millones de dólares. ¿Cuánto costará el rádar? ¿Más que la vida de 300 personas? (dato oficial, el no oficial supera los mil muertos...). la mayoría de los filipinos no saben nadar. Aprenden quienes viven cerca del mar, no es el caso en Manila, y los ricos.
Por otro lado hay zonas que durante los años de Marcos en el poder no se podían desarrollar para viviendas, por su facilidad para inundarse y su proximidad a los distintos ríos que recorren Manila. Una de esas zonas es Marikina, donde hoy viven al menos dos millones de personas (Lawrence se ríe y hace un chiste fácil, me dice que ahora serán bastantes menos. Así son los filipinos, al mal tiempo buena cara. Él tuvo que caminar 8 horas por la autovía inundada para llegar a su casa y encontrarse sin tejado, y la casa llena de agua y barro). Marcos sería un dictador terrible, pero al menos tenía cabeza. Tan pronto como le echaron del poder no perdieron tiempo en vender esas zonas inmensas a constructoras sin escrúpulos. Hoy, mientras escribo, ellos también siguen teniendo el agua al cuello, o al ombligo en los mejores casos.
Además de todo lo anterior, Manila es una ciudad sucia. Muy sucia. En Makati no se nota porque limpian todo el rato, pero sólo hay que salir de esta burbuja para ver basura en cada esquina. Los ríos... si se pueden llamar así, son verdes o marrones y absolutamente siempre están cubiertos de basura, y dios sabe qué más. Y todo esto hace que cuando llueve el sistema de alcantarillado no funcione como debe, y se atasque.
¿Pero a quién culpamos, señores? ¿A los servicios de limpieza por no dar a basto en una ciudad de más de 12 millones? ¿A los pobres que viven en chabolas y no tienen ni para comer? ¿Al gobierno por no educarles mejor y no explicarles por qué esa basura puede matarles?
Ahí queda eso. Yo no quiero buscar culpables ni responsables, los encontraría demasiado rápido, y esta no es mi guerra. Aquí debo respetar, guardar las distancias y conformarme con ser una mera espectadora...
Sí debo decir que el sentimiento de unidad y de solidaridad que inspiran los filipinos estos días es alucinante. Todo el mundo se ha volcado con las víctimas.
Si el gobierno no lo hace, ellos no se van a quedar cruzados de brazos. Desde los de seguridad a los directores de las empresas han organizado jornadas para ir a ayudar a reconstruir casas, limpiar calles y carreteras, repartir alimentos, ropa, mantas, colchones etc ¡en horas de oficina! Empresas de todos los tamaños han dado días libres pagados a sus empleados afectados, que a nosotros nos parece lo normal, pero aquí no es nada común, si no curras no cobras, esa es la ley.
Tengo una buena anécdota para terminar el post e intentar explicar la importancia de las palabras comunidad y familia en este país. 21.000 presos filipinos se pusieron de acuerdo y no desayunaron dos días después del tifón y consiguieron que las prisiones donasen su desayuno: 21,000 latas de sardinas!
En el centro de Luzón, al norte, se esconden los arrozales de Banaue. La provincia se llama Ifugao y es una zona montañosa, a unos 1.500m de altitud, y con un clima muy lluvioso, más ahora que es la época de lluvias. Los corrimientos de tierra son frecuentes, y es normal quedar incomunicado por unas horas o incluso unos días. Son unos 370 kilómetros desde Manila, de los cuales 350 son por una carretera que en España llamaríamos comarcal, y de un carril por sentido. La segunda mitad del viaje es ya en la zona de montañas, con muchas curvas, desniveles, camiones a 20km/h.... El viaje dura unas 8 o 9 horas en coche (o autobús). No hay trenes ni vuelos.
Así que la semana pasada, después de nueve meses en el país y a tres semanas de largarnos, decidimos que este era un viaje obligado que no podíamos posponer más. El valiente era Mr. A como es habitual, ya que conducía él.
¿Cómo explico a quien no ha estado aquí cómo es un viaje por carretera en Filipinas? Es un desastre, un caos, un estrés. Es un poco como un videojuego: ese carril que hay por sentido es para los coches, los autobuses y camiones, jeepneys, bicis, ciclomotores, triciclos, niños, gallinas, cerdos... y lo que se tercie, vendedores de maiz, de piñas, de flores...
Además no hay arcén porque está ocupado por los anteriores cuando no por puestecillos que ellos llaman tiendas, los sari-sari en los que venden de todo y de nada, también mini restaurantes, peluquerías (como la de la foto).
Si consigues superar los primeros 200km te encuentras con paisajes asombrosos y muy diversos. En un principio son enormes explanadas llanas y amarillentas como las de Castilla, en las que se cultiva un poco de todo. Otras zonas son mucho más verdes y más llamativas.
Era época de cosecha en muchas aldeas y parecía como si todo el mundo participase en ello de alguna manera. Unos en el campo, otros secando cereales y semillas, los más fuertes cargando sacos en camiones.
Después llegan las montañas, como salidas de la nada. Se van haciendo cada vez más grandes, hasta que todo lo rodean. El paisaje es de un verde intenso. Abrimos las ventanillas y respiramos el aire fresco, limpio, puro. Llenamos nuestros pulomones y ya sólo por estos segundos de libertad el viaje ha merecido la pena.
Pero aún nos quedan muchos kilómetros que recorrer. La carretera es cada vez más difícil, serpentea sin fin, el asfalto está descuidado. Afortunadamente cada vez hay menos vehículos acompañándonos, hasta que terminan por desaparecer todos. A 20km de Banaue nos sorprende una tormenta que no esperábamos y nos ha costado más de una hora recorrerlos, conduciendo casi a ciegas porque la lluvia se ha convertido en una cortina que todo lo nubla, hay barro y tierra en el asfalto, ni un alma a la vista y mucho menos un lugar en el que esperar a que amaine. Hay que seguir adelante.
Según llegamos a Banaue la lluvia para. Son las cinco y media de la tarde y quedan unos minutos hasta que se ponga el sol, detrás de nubarrones grisáceos. Lo hemos conseguido, hemos llegado y aún nos esperan, grandiosas, las terrazas de arroz de Banaue. Mañana las descubriremos de verdad.
Nos levantamos muy pronto y desayunamos al lado de un ventanal que nos descubre un paisaje sobrecogedor. El sol aún amanece, como nosotros, y hay una niebla fina que se mezcla con las nubes bajas. Se me pone la piel de gallina. La imagen es única, y sé que sólo es el principio.
Contratamos un triciclo para ir a los arrozales de Banaue y a los de Batao y Hapao (hay dos más pero de difícil acceso y no tenemos tiempo para hacer senderismo) ya que no se puede llegar en coche. Son unos 20km de ida y otros tantos de vuelta y aunque en el hotel nos han dicho que se hace en 45 minutos, el conductor se ríe y explica que tardaremos por lo menos 3 horas en ir y volver, las lluvias de ayer han dejado problemas en el camino.
El recorrido es difícil, más para él que conduce, pero el paisaje no tiene desperdicio. Cuanto más nos adentramos en la montaña más nos sorprende ver que sigue habiendo gente, aldeas, casas sueltas aquí y allá, animales.
Las terrazas de arroz, o los arrozales en terraza, de Banaue están considerados en Filipinas como las 8ª maravilla del mundo. Y no les falta razón. La Unesco las declaró hace ya años patrimonio de la humanidad.
Se calcula que se construyeron entre el año 3.000aC y el 2.000aC, aunque algunos se atreven a asegurar que las primeras se construyeron allá por el 6.000aC. Sea como fuere, se construyeron a mano, con complicados sistemas de riego que recogían el agua de las lluvias de los frondosos bosques, y la repartían por los arrozales con un sofisticado uso de cañas de bambú.
Hoy siguen en uso tanto las terrazas como el método de riego! No sólo se cultiva arroz, también vegetales.
Pero es difícil entender la grandiosidad de este lugar sin poder verlo. Tal vez ayude saber que las terrazas tienen una superficie de más de 10,000km2, sin olvidar que están construidas en las laderas de las montañas.
Para terminar, la gente de esta zona tiene rasgos especiales, distintos del resto de Luzón, más parecidos a la tribu Miao, originaria de China, y de donde se cree llegaron sus ancestros muchos siglos antes de Cristo.
Hay espacios, lugares, rincones que nos marcan para siempre. Puede ser desde la despensa de un amigo de la infancia, donde robabais dulces entre horas, hasta la casa en la que pasabas los fines de semana de niño. Unos representan momentos y sentimientos más intensos que otros, claro, y casi todos nos devuelven a la infancia.
Nosotros pasábamos los fines de semana en esa casita de la sierra. Era más pequeña que la casa en la que vivíamos en Madrid, y sólo teníamos un baño, así que tocaba pasar más tiempo juntos, y organizarse para lavarse los dientes. Qué de recuerdos de pronto. El olor de esa casa, en invierno con chimenea y en verano con barbacoas, nunca me abandonará. Vivíamos pegadas a nuestras bicis, en invierno en chandal y deportivas, en verano con victorias y unos años se llevaban con cordones, al siguiente sin.
Subíamos a los borrachos a comprar chucherías, y sólo años más tarde entendimos que aquel cuchitril era un bar donde todos los hombres estaban borrachos como sólo saben estarlo en los pueblos cuando no hay ganas de trabajar. Qué tiempos aquellos en los que mandaban a los niños al bar a comprar tabaco o cervezas, papá fumaba –negro- en el coche y escuchábamos El Larguero durante todo el viaje de vuelta, que era eterno porque todo Madrid volvía de pasar el fin de semana en la misma sierra y porque tanto gooool goool goool mareaba a cualquiera.
Paseábamos por los prados todos los días, nos creíamos valientes por acercanos a veinte metros de las vacas, y dábamos de comer a los caballos. Uno se llama Estrella. También había un burrito, pero este estaba sólo en una parcela abandonada, y a veces pasábamos por delante y le echábamos algún piropo.
Pasábamos mucho tiempo con los Ferri, que eran parte de la familia (aún lo son!). Nos llevaban de vez en cuando a limpiar el río y pasábamos el día en la montaña, recogiendo bolsas de plástico y botellas que encontrábamos flotando en el río para tirarlas en la basura, como dios manda. El Ferri escondía dinero en la calle o por la casa y nos hacía descubrirlo como por casualidad, para poder comprar más chuches. Los martirios chinos consistían en cosquillas que te hacían llorar de la risa, y no fallaban nunca.
Una noche las hermanas nos autoproclamamos mayores, independientes y valientes, y decidimos dormir en el jardín en una tienda de campaña. Lo raro fue que nos dejaron... y es que cuánto saben los padres, a las dos horas estábamos de vuelta en la casa, metidas en la cama. Nunca repetimos.
Luego llegó la adolescencia y decidimos que queríamos pasar más tiempo en Madrid, con la panda. Y poco a poco la casa de la sierra se fue quedando sola y vacía. Tan poca gracia nos hacía ya que la alquilamos por un tiempo indefinido que a mi me pareció larguísimo, hasta que llegamos a la universidad y nos dimos cuenta del error que cometimos años antes.
Finalmente la desalquilamos, la reformamos, y ahora es la misma casita acogedora, con el mismo olor, las mismas paredes, los mismo recuerdos. Me muero por volver.
Hace semanas que dormís en habitaciones separadas y usáis el baño siguiendo turnos establecidos con el silencio de una mirada; ya no os une nada más que las paredes que encierran tu apartamento. Él busca otro sitio donde vivir, pero está todo tan caro, cómo váis a pagar dos alquileres, sería un suicidio económico, le acalaras rápidamente a todo el mundo.
También os une Rodolfo, el estúpido gato de su hermana que os ofrecisteis a cuidar una semana santa, y se convirtió en vuestro sin que sepas cómo. Él cree que el gato debe quedarse contigo porque pasas más tiempo en casa y tú sabes que el maldito animal fue tu eterno refugio cuando él no pasaba la noche en casa y te invadía esa inmensa soledad. Parece mentira, pero pasa casi más tiempo en el apartamento ahora que no estáis juntos que cuando compartíais cama, sueños y un futuro.
Y tú siempre estás esperando a que él vuelva a ti. Ya no sales, no quedas con nadie, vagas por el salón esperando a que él pase por casa. Dejas la puerta de tu dormitorio entreabierta por si se atreve a colarse entre tus sábanas en mitad de la noche. Al irte a dormir dejas la lucecita del recibidor encendida, porque sabes que invetiablemente él la apagará al llegar, después de cerrar el bar, y así cuando te despiertas en mitad de la noche sola, desnuda y fría, si la luz ya está apagada aún puedes soñar que esta noche sí encontrará el valor para colarse por tu puerta entreabierta y hacerte suya una vez más.
Pero él vuelve a casa y ni piensa que estás del otro lado del tabique. Él llega, se ducha y se duerme. Sin remordimientos, ni culpa. A fin de cuentas fuiste tú quien decidió terminar con lo vuestro. Eras tú quien no tenía suficiente, quien daba pero no creía recibir a cambio, quien no era feliz. Él nunca se quejó a tu lado. Tal vez no era perfecto, pero era lo que era. Sin engaños, sin mentiras, sin máscaras. Siempre fue fiel a sí mismo, y lo que un día te enamoró, de pronto empezó a consumirte.
Y así pasarán las noches y los días, hasta que él aparezca por la puerta con una rubia colgada del brazo, y te presente como a su compañera de piso. Así que ármate de valor y si no eres feliz con él que haga la maleta y se largue a casa de un colega. Pero si sabes que no puedes ser feliz sin él, esta noche deja de jugar a ser fuerte, levántate y cuélate tú entre sus sábanas.
La noche era tranquila y tú y yo cenábamos juntas, conmigo. Tal vez debo aclarar que éramos tú y yo dentro de 20 años, cenando conmigo hace una semana. No sé por qué, ni cómo ni cuándo surgió la idea de esta cena. Parece como si esas dos que tal vez seamos un día hubiesen querido mandarnos un mensaje.
No parecían infelices, no diré lo contrario. Reían con ganas, se veían despreocupadas, discutían de vez en cuando, y como buenas amigas una idea más tarde ya habían olvidado por qué discrepaban.
Pero había tanto en ellas de lo que ni tú ni yo queremos en nuestras vidas. Los príncipes azules les habían salido rana, y cuando por fin se dieron cuenta pusieron fin a relaciones imposibles llenas de drama, pero quedaron tocadas. Mandaron a las ranas al estanque y se prepararon para vivir vidas nuevas, aún se sentían jóvenes y capaces de empezar de cero.
Pero la realidad era tan distinta. Llegaban tarde a la fiesta de la vida, que había terminado hacía ya horas. Todos parecían haber salido de ella emparejados, unos más afortunados que otros; mientras ellas estaban solas. Solas.
Se refugiaron la una en la otra, como si dos personas débiles se convirtiesen auntomáticamente en una fuerte. Se rodeaban de gente, cenas, fiestas, pero todos acababan marchándose, sólo estaban ahí para lo bueno, y luego la casa volvía a quedarse vacía. Una casa a la que evitaban volver escondiéndose incluso en la oficina. Cualquier hombre valía si les hacía olvidar por un rato a los que vinieron antes y les arruinaron la vida.
Y es que la vida puede ser un arcoiris, o una mierda. La de ellas parecía vacía, gris. Ya no eran infelices, porque se habían acostumbrado a tantos años de miseria. Y eso fue lo que me asustó, ver que ya no luchaban por algo mejor, por lo que de verdad querían. Se conformaban con despertarse un día más y seguir viviendo en su burbuja de autocomplacencia. Y así seguian, solas. Sigue leyendo...
Esta mañana he bajado a comprar el periódico y de vuelta en el ascensor me he puesto a leer los titulares. Un sinsentido absoluto en la portada termina de desperterme, cuando me doy cuenta de que es la edición del 18 de marzo de este año... ¿marzo? ¡Estamos en agosto! He vuelto a la tienda a cambiar mi periódico y ya en casa le he echado un vistazo mientras desayunaba. El mundo volvía a tener sentido.
Mi primera reunión del día es en una ciudad cercana que hasta hace cinco años era sólo un pueblo. Vuelvo a reunirme con la alcaldesa para hablar de negocios, pero ella me recibe sonriente y distraida con otro asunto. De pronto me dice que tiene un regalo para mi. ¿Para mi? Con mucho gusto alcaldesa! pienso, mientras en realidad digo Pero alcaldesa un regalo para mi, no por favor y según voy terminando la frase se me va cortando la voz, porque su regalo es una revista. La People de Asia, ni más ni menos. La portada habla de mujeres con poder y estilo, y veo venir por qué me la regala...
Efectivamente, la alcaldesa abre la revista, pone un marcapáginas y me la tiende con orgullo. Es ella. En la revista, claro. Un artículo de una página, acompañado por una foto a página completa en la que lleva un vestido de noche despampanante y mucho maquillaje. No sé que decir. Di algo, lo que sea, eso pienso, pero sólo consigo sonreir mientras ella coge la revista de nuevo y me dice ¿te la firmo? Y acto seguido empieza a escribir. No sé que decir, eso pienso, asi que vuelvo a sonreir, y no digo nada.
De vuetla en Manila me reúno con este tipo encantador que domina el español porque vivió en Madrid varios años. Me cuenta que tiene unos amigos aquí que son de allá, y que le gustaría organizar una cena para que todos nos conozcamos. Le digo que me parece una idea fantástica y él contesta que como somos todos de la misma edad 37-38 tendremos mucho en común. ¿Perdón? Yo no llego a los 30...! así que sonrío, y no digo nada.
Entre reuniones me paso por la oficina, y cuando estoy lista para irme de nuevo hago como de costumbre: camino hasta el aparcamiento, abro la puerta del asiento detrás del conductor, dejo mi bolso, maletín y portátil, cierro la puerta, rodeo el coche por detrás, y cuando voy a abrir la puerta trasera para subirme Lawrence arrance por sorpresa y mueve el coche. Supongo que cree que no puedo abrir la puerta cómodamente y sólo va a adelantar el coche, pero no, sigue y sale del aparcamiento a la calle y no se detiene. En este momento me entra un ataque de risa porque imagino a Lawrence hablándome mientras conduce, ¿cuánto tardará en darse cuenta de no estoy en el coche? Los de seguridad corren detrás de mi coche gritando ¡hey, hey! y los demás conductores me miran perplejos, mientras sigo riendo. De pronto el coche se detiene en medio de dos carriles y Lawrence corre hacia mi, me mira, sonríe y no dice nada.
Para terminar el día, y la semana, me reúno con un joven ejecutivo que tiene un puestazo. Su equipo nos acompaña y él me presenta como una destacada economista y consultora... ¿en serio? No sé si se está quedando conmigo o con ellos, pero con el día que llevo, sólo me queda sonreir, y no decir nada.
Y es que muchas veces una sonrisa vale más que mil palabras.
Después de mucho pensarlo, y aunque no me convence del todo, he cambiado el look de mi blog. Qué te parece? Te gusta? Demasiado blanco? Si alguien sabe cómo hacer cambios a la plantilla, me gustaría que el fondo fuese menos blanco...
El otro día compré un pez y una pecera de esas chiquititas y redonditas. He pasado por todas las fases clásicas, euforia inicial como una niña pequeña con animalillo nuevo; después me entraron remordimientos porque el pobre vive un dos litros de agua, pero se me pasaron cuando recordé que en la tienda estaba en un vaso polvoriento medio lleno de agua, literal. A estas alturas, como era de esperar, el pez me da un poco igual. De vez en cuando me entretengo mirándolo. Se llama Asul, así, con s, como si fuésemos andaluces.
Por su parte, Mr. A no me habló en dos días. ¿Cómo puede una submarinista comprar un pez y meterlo en una triste pecera?, me decía. Pero yo sabía que caería, y que mi capricho de dos días acabaría gustándole a él. Ahora ha desalado conchas y corales y cada vez que cambia el agua de la pecera se sienta en la mesa del comedor y pasa minutos diseñando un nuevo entorno para Asul, como un arquitecto y diseñador de interiores, y después con paciencia y empeño lo monta.
Asul, por su parte, parece feliz. Es muy curioso y un comilón ansioso, si le echas unas bolitas de comida siempre se come una instantáneamente. Le gusta su casa y aunque dicen que los peces tienen poca memoria, cada vez que Mr. A le cambia el decorado él se excita y nada con curiosidad, descubriendo cada nuevo rincón. Le gusta esconderse en esquinitas imposibles, hasta que ve que le observamos, y entonces de forma casi milagrosa se libera de su escondite, pasa por huecos diminutos, y se acerca a saludar.
Ahora estoy en la fase de la envidia, porque veo que a Asul le hace falta muy poco par ser feliz, mientras el resto vivimos en un mundo distinto, con esa presión por hacer más, vivir más, ganar más, para en teoría ser más felices. A ver si vamos a ser nosotros los que estamos encerrados en una pecera en la que alguien dicta cómo debe de ser nuestra vida, cuando podríamos estar en un océano nadando a nuestro gusto.
La prensa local viene cargada de reportajes de fin de semana dedicados a Cory Aquino, heroína nacional cuyo legado traspasa fronteras. Murió hace una semana y somos, de pronto, protagonistas de un momento histórico en Filipinas.
Corazón Cojuangco Aquino fue la primera mujer Presidenta de Filipinas, y de cualquier país de Asia. Niña de familia muy rica, se educó en EEUU y dejó sus estudios de leyes para casarse con Ninoy Aquino. A los 22 años él ya era alcalde, a los 25 senador. Una carrera prometedora para él, que se perfilaba ya como uno de los mayores y mejores opositores del autoritario presidente Ferdinand Marcos. Mientras, ella se autoproclamó una sencilla ama de casa, y se dedicó a educar a sus cinco hijos además de apoyar incondicionalmente a su marido. Jamás aceptó dar un discurso en campañas electorales, prefería perderse entre la audiencia y escuchar a su marido. Ella no era un personaje político, sino una perfecta ama de casa, madre y esposa.
Sin embargo, en 1972 el mundo dio un giro inesperado a su alrededor. Cuando con tan sólo 41 años Ninoy Aquino se presentaba como un serio opositor al dictador Marcos en las elecciones presidenciales del año siguiente, Marcos declaró la ley marcial y entre otros encarceló a Ninoy. Casi una década después Marcos autorizó la liberación de Ninoy y su exilio con su familia a EEUU, era ya 1980. Tres años deapués Ninoy decidió volver a Filipinas, su familia le seguiria unos días después.
Él nunca llegó a ver a los cientos de miles de personas que le esperaban en la capital. Venían a recibir al que veían como su salvador. Fue asesinado antes de llegar a entrar en la terminal del aeropuerto internacional de Manila. Hoy lleva su nombre. Fue asesinado a sangre fria y sin duda alguna por el régimen de Marcos, que le había amenazado en repetidas ocasiones. Él aseguró en más de una ocasión que daría su vida por el pueblo filipino.
No llegó a ver la marea amarilla que le esperaba, pero ella, Corazón, vivió acompañada del cariño y el respeto de millones de personas durante tres años. Primero fue el luto, después vinieron los ruegos para que terminase lo que él había empezado. En un día se reunieron más de un millón de firmas para pedir su candidatura a las elecciones de 1986. Todos la consideraban la única persona capaz de representar a todos los opositores de Marcos, y tras diez horas de meditación en un convento, decidió aceptar. Así, tras una campaña sucia por parte del dictador, Cory perdió una elecciones claramente amañadas.
Millones de personas volvieron a echarse a la calle en apoyo a Cory. El país se teñía de amarillo mientras la Iglesia Católica -Cory era una devota- y el gobierno de Estados Unidos mostraban su total apoyo a la viuda de Ninoy y exigían la dimisión de Marcos. Fue la revolución amarilla, una revuelta popular y pacífica que marcó un hito en la historia del país y que se reprodujo por todo el mundo, la que acabó con el dictador y sus más de 20 años en el poder. Tras días de drama, Cory juró su cargo como primera Presidenta de Filipinas. Gobernó durante 6 años y estableció una nueva constitución, mientras resistía 7 golpes de estado y varios intentos de asesinato.
Desde entonces es considerada un icono de la democracia, y la madre de una nación. Hoy, casi un cuarto de siglo después, Cory ya no está, y la marea amarilla ha reaparecido. Por primera vez en años el país parece estar completamente unidoy todo nos recuerda a ella, los lazos amarillos, las camisas y camisetas amarillas; su foto en oficinas, escaparates, farolas. Son muchos quienes lloran, ricos y pobres, porque se va su Tita Cory.
Esta misma historia me la contó un hombre adulto, con un nudo en la garganta recordando el asesinato de Ninoy, y lágrimas en los ojos al narrar para mi la revolución del poder popular de 1986.
Madrid. 31 de julio. Calorazo. Ni un alma por las calles. Centros comerciales vacios. Restaurantes cerrados por vacaciones.
Los Jerónimos. 31 de julio. Calorazo. Un arcoiris de faldas, vestidos, corbatas, zapatos y abanicos. Una iglesia a rebosar. Blanca y serena la novia. Alto y esbelto el novio. Popurrí de familias y amigos.
El Ritz. 31 de julio. Se pone el sol y es más fácil respirar. Champán y canapés. Fotos con los novios, sin los novios. Risas y sonrisas. Felicidad.
Salones. 1 de agosto ya. La felicidad nos emborracha. La cantante es mala y el DJ un salvador. Canciones elegidas a dedo. Recuerdos de otros tiempos. Familias y amigos acaban por fundirse sin que unos y otros se distingan. Bailamos. Cantamos. Reímos. Besamos.
Con un toblerone y una cocacola me dispongo a llenar este folio blanco, a corregir el error de dejar de lado mi blog, a volver a conectar con quienes estáis tan lejos pero tan cerca gracias a estas líneas. No sé muy bien por qué pero me gustaría tener algún disco de Sabina aquí, y escucharlo ahora. Me apetece alguna de esas viejas canciones.... de las que me recuerdan a mi infancia, a los años de cole y uniforme, a las amistades que se convierten en familia.
Aquí han pasado los meses y hemos tenido tantas visitas que ya no recuerdo ni las fechas. Así es fácil que el tiempo vuele. Las familias, los amigos, mucho habéis pasado por aquí dejando tantos buenos momentos, y otros acabaréis viniendo porque este es un trocito del paraiso –como Sela es otro-. Y me hace pensar en el abuelo, que siempre decía que en Sela sólo faltaban Adán y Eva. Qué cosas, ya tenía yo a Adán conmigo antes de que él se fuera, pero no llegó a verle en su paraiso. Aquí sólo falta Eva, tal vez por eso muchos han tomado la estúpida costumbre de llamarme así, Eva.
Desde mi ventana veo a lo lejos la bahía, y todas las tardes me sorprende la puesta de sol justo detrás de los últimos edificios de la ciudad, donde se mezcla el cielo con el mar. Unos dias me sorprende esa montaña que aunque está justo ahí, la mayoría de los días no se ve, y después de tantos meses sigo sin saber por qué.
Han empezado las lluvias y los tifones. Hay días grises en los que parece que mañana nunca llegará, y por las noches las tormentas no me dejan dormir porque me agitan como a una niña. Con los pies en la cabecera de la cama y la almohada a los pies para ver mejor por la ventana, me maravillo con cada rayo y cada trueno. Se ilumina la habitación y juego a hacer sombras mientras con cada vibración le pregunto a Mr. A “¿lo has notado en el estómago?”. A veces él está tan fascinado como yo, otras no, pero los dos sabemos que después de la tormenta llega la calma. Y así, pasados unos días grises, llega el cielo azul y el sol arde con fuerza, como hoy.
Así que me voy con mi música a otra parte, a disfrutar del día, pero nos vemos por aquí de nuevo pronto.
Manila empieza a sonreírte, y a llamarte sir, tan pronto como aterrizas. Ya estás sudando, y comprendes por qué todo el mundo lleva una toallita o un pañuelo en el cuello de la camiseta.
Nadie parece hacerte caso, hay demasiado ajetreo en todas partes, y todos nos hemos convertido en atareadas hormiguitas en fila, que nunca chocan entre sí. Desde un mirador, te das cuenta de que es una ciudad demasiado grande, demasiado compuesta de vidas independientes como para comprenderla. Células que no parecen conscientes del todo que forman.
Pero Manila es una isla en un mar de islas. Más allá, campos tan verdes que a las vacas, atadas por la nariz al suelo junto a las cunetas, les da pereza pastar. “Total, la hierba no se va a acabar…”, piensan demasiado vagas para agacharse. La tierra apenas se adivina debajo, y más bien parece que la selva impenetrable se extienda hasta el centro de la tierra.
Cada casa de bambú tiene su propio coro de gallos, cada pueblo su legión de triciclos y jeepnies. En cualquier carretera puedes parar y comprar fruta, carne, gasolina, tabaco… Casi cualquier cosa que necesites, estará a tu disposición en ese puestecito, o el siguiente.
No hay demasiados europeos, así que suele llamarte la atención encontrarte con otros. En general, parecen estar tan alucinados como tú. Perfectamente integrados, por suerte conseguimos olvidarnos de nuestro color. Después de todo, Butch nos recordará siempre que su culo es tan blanco como el nuestro, incluso a pesar de su Jaguar.
En otras islas hay playas de postal con centros comerciales. Nada intrusivo, simplemente para tener algo que hacer después del masaje en la tumbona. Desde la piscina puedes ver bancos de peces nadando tranquilos en el agua cristalina. Las estrellas y el mar sería lo único que oyeses, si no fuera la noche del videoke (¿cuándo dejó de llamarse karaoke?) en la choza-bar del pueblo.
Al amanecer me pregunto qué sentirán realmente los delfines hacia los barcos, su estruendo, y su olor a diesel. Luego la banca te llevará a la choza-aeropuerto. Pero de camino, si quieres, puedes hacer un recorrido por las iglesias más antiguas construidas por los españoles. Por suerte, aquí no somos recordados como conquistadores sanguinarios. Los japoneses fueron más crueles hace menos tiempo, así que ya sólo vienen coreanos. La herencia española se respira orgullosamente incluso en el lenguaje, de forma casi inconsciente, y casi acabas contagiándote. La nobleza del caballero español se ha conservado aquí de forma casi salvaje.
Por lo menos, “El Adelantado” Miguel López de Legazpi -cuyos restos yacen “confundidos y revueltos” con los de su nieto y otros “héroes de la conquista”- tuvo el detalle de juntarse con un jefe local para beber ambos la sangre del otro. Fruto del cariño de tus huéspedes, integrado y empático, deseas con todas tus fuerzas que gane Paquiao, y que no se extingan los tarseros.
Hacia el final del viaje, te das cuenta de que aquí puedes incluso respirar debajo del agua. Descubrir que los peces-payaso también tienen sentimientos, y que en el arrecife eres también una torpe hormiguita, intentando no estorbar el caótico pero fluido tráfico. Bucear allí es un regalo que no se olvida fácilmente, y siempre daré gracias a la diosa de la magia que me transportó a ese mundo por primera vez.
Si tienes suerte, puedes salir de allí con un dragón como aliado silencioso, para no olvidarte de la herencia china que hace al filipino un ser calmado, sabio, sonriente.
Alguien me dijo una vez que si hay un lugar para encontrar tu alma, ese es Filipinas. De vuelta al gris, al marrón, a la ciudad seca y luminosa sin ningún espíritu selvático, te das cuenta de que en efecto, tu alma ha cambiado. Y te reconforta echar de menos otro aire, otra gente, otra forma de vivir. Sin duda, me conozco un poco mejor, y me gusto un poco más.